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¿Adiós al Tío Sam?

A partir de la crisis desarrollada en los años treinta, así como las consecuencias económicas y la reconfiguración territorial y hegemónica que trajo consigo la Segunda Guerra Mundial, era imperante un nuevo orden internacional que pudiera hacer frente a la situación económica que se cernía no sólo en Europa. Los Acuerdos Bretton Woods, cuya conferencia fue celebrada en 1944, trajeron consigo un programa de políticas económicas para el desarrollo y de políticas de estabilización para las economías dañadas por el conflicto bélico.

De los 44 países que se dieron cita a la conferencia, las estrategias presentadas por Gran Bretaña y Estados Unidos fueron las que tuvieron mayor influencia entre los participantes. Estados Unidos acabó imponiéndose sobre la propuesta de Gran Bretaña, al proponer restablecer el patrón oro como base de un sistema monetario internacional, al igual que arbitrar algún tipo de institución financiera internacional que ofreciera créditos en condiciones favorables. Esta última propuesta trajo consigo la creación del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional[1].

Debido al estatus en el que se llegó a posicionar el dólar, como moneda de cambio, Estados Unidos se confió y llegó a consumir más de lo que producía, al imprimir tantos billetes como quería. Por ello, no es de extrañar que Nixon diera por terminada la unión del dólar al oro en 1971, llegando a colapsar el sistema pero sin llegar a desaparecer del todo[2]. Para remediar los problemas derivados de la crisis de la deuda, se presentó otro programa de ajuste estructural, el cual en primera instancia fue diseñado para Latinoamérica y después se adaptó a cualquier otra región que lo necesitase. Las mismas instituciones originadas de Bretton Woods fueron los principales promotores de lo que hoy se conoce como el Consenso de Washington.

Acorde a John Williamson, no funcionaron las primeras medidas implementadas por el Consenso debido a que estas no pusieron énfasis en evitar la crisis, sino que fomentaron la liberalización de la cuenta de capital, lo que trajo como consecuencia que la moneda se sobrevaluara; sin olvidar su nula consideración para con las instituciones y su papel en la sociedad internacional, aun cuando estas estuvieron entre sus principales promotores[3]. Por ello, las reformas que le siguieron tomaron en consideración la importancia de las instituciones, el mercado laboral y la pobreza. En sí, el Consenso de Washington fue diseñado bajo un marco neoliberal, en el que se le dio prioridad a la estabilidad macroeconómica, liberalización comercial y de capitales, así como la disminución del papel del Estado en la economía.

Si bien, todas esas reformas funcionaron en su momento, hoy el Tío Sam ya no está en condiciones de mantener su hegemonía mundial. Mientras que los Acuerdos de Bretton Woods funcionaron como el inicio de un discurso hegemónico, las políticas implementadas por Bush y Obama empezaron a poner en deterioro su dominación[4]. Sin contar el respaldo de esto con la actitud tomada por Trump frente a diversos organismos internacionales, tal como su propuesta de retirarse de la OTAN y reorientar esos recursos hacia el desarrollo interno, o el rechazo del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica. Trump no es el único que se dedica a alimentar un populismo autoritario y excluyente, ni es el único que se dedica a fragmentar a las masas. Varios mandatarios internacionales están cayendo en esta práctica, simplemente basta con observar al actual presidente de México.

Como resultado de las posturas que se están tomando en el presente, el mercado mundial está en miras de convivir con fuertes tendencias de nacionalismo económico y de regionalización. Si bien, el proceso de industrialización sustitutiva, surgido a posteriori de la Segunda Guerra Mundial, sufrió de importantes modificaciones a finales del siglo pasado, estas modificaciones se quedaron atrás. Nuevas transformaciones han de realizarse para poder hacer frente a las tres revoluciones estructurales que han estado permeando el escenario internacional actual: el retorno de Asia, la aceleración de la globalización, y las disrupciones causadas por la tecnología moderna[5]

La agenda local ha estado posicionándose frente a la global como una opción viable para hacerle frente a estas transformaciones. Al encontrarnos en un momento de tensión entre continuidad y ruptura, la globalización no es que vaya a terminar, sino que se ha de transformar para saciar las necesidades que más nos atañen en el presente. El orden liberal, instaurado en el siglo pasado ha dejado de contestar a estas necesidades. El libre comercio, los acuerdos aduaneros y el predominio del capitalismo han dejado de ser rentables para la sociedad actual.

Hoy, el cosmopolitismo urbano representa la oportunidad perfecta “para reinterpretar la soberanía, revitalizar el ejercicio de la democracia y promover la cooperación efectiva en políticas globales, tales como el desarrollo económico para mitigar la desigualdad o el cambio climático por encima del estándar ontológico del estado-nación”[6]. Si bien, como consecuencia de la globalización neoliberal, el Estado debía ir abandonado progresivamente su función de producir y garantizar el bienestar social, convirtiéndose así en un actor más[7]; las ciudades se han convertido en los poderes intermedios a mejorar la gobernanza global con soluciones concretas, efectivas y cercanas al ciudadano. Las alianzas entre ciudades, en la esfera internacional, traen una mayor cohesión en las propuestas. Entre las alianzas más representativas, se encuentra la de Ciudades y Gobiernos Locales Unidos (UCLG), la red C40 destinada a luchar contra el cambio climático, y la World Mayor Summit on Climate Change.

En medio de la fiebre globalizadora, lo glocal se va posicionando, no como única alternativa, sino como la mejor. No se trata de movimientos desglobalizadores como muchos llegarían a creer, sino de encontrar nuevos equilibrios “entre consumo y austeridad, industrialismo y neoruralidad, tecnología y tradición, globalización y relocalización o reterritorialización[8].

A raíz de lo mencionado a lo largo de este escrito, no es de extrañar creer que, si bien el pasado y presente han sido occidentales, el futuro, al menos el cercano, será oriental, protagonizado por individuos más consientes y comunidades protagonistas, donde lo local se mezcle con lo global, alcanzando así la glocalidad.


[1] Martínez Rangel, R. & Soto Reyes Garmendia, E. (15 de marzo, 2012). El Consenso de Washington: la instauración de las políticas neoliberales en América Latina. Política y Cultura, 37, 35–64.
[2] Zhang, D. (27 de junio, 2014). Bretton Woods: 70 años de un orden económico mundial. DW. https://www.dw.com/es/bretton-woods-70-años-de-un-orden-económico-mundial/a-17742374
[3] Martínez Rangel, R. & Soto Reyes Garmendia, E. (15 de marzo, 2012). El Consenso de Washington: la instauración de las políticas neoliberales en América Latina. Política y Cultura, 37, 35–64.
[4] Martínez Rangel, R. & Soto Reyes Garmendia, E. (15 de marzo, 2012). El Consenso de Washington: la instauración de las políticas neoliberales en América Latina. Política y Cultura, 37, 35–64.
[5] Mahburani, K. (Marzo, 2018). ¿Cómo debería entender occidente el nuevo orden mundial? ANUARIO INTERNACIONAL CIDOB 2018 pp. 14-22.
[6] Manfredi Sánchez, J. L. (2020), “El cosmopolitismo urbano: la ciudad ante el orden postliberal”, Relaciones Internacionales, nº 44, pp. 29-43.
[7] Orjuela, L. J., Chagas-Bastos F. H. & Chenou, J. M. (2017). “El incierto ‘efecto Trump’ en el orden global”. Revista de Estudios Sociales 61: 107-111. https://dx.doi.org/10.7440/res61.2017.09 [8] Azkarraga Etxagibel, J., Sloan, T., Belloy, P. & Loyola, A. Eco-localismos y resiliencia comunitaria frente a la crisis civilizatoria. Polis [En línea], 33 | 2012. Recuperado de http://polis.revues.org/8400; DOI : 10.4000/ polis.8400

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