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COVID-19: Reflexión desde la experiencia

Del pasado 23 de marzo, inicio de la Jornada Nacional de Sana Distancia, al día de hoy han pasado 210 días, una eternidad más que una cuarentena derivada de la pandemia por un nuevo coronavirus. 210 días, acostumbrando a los ojos a leer miradas sin ver expresiones faciales y a los oídos a escuchar una grabación que dice “quédate en casa”. Las sonrisas intercambiadas con alguna persona por cortesía y las frases dichas entre dientes no se perciben más en las calles. El nuevo accesorio se ve en todas partes, una mascarilla que va bien y hace juego con la salud.

En casa estos días hemos aprendido a que no se puede entrar sin limpiarse los zapatos, sin desinfectarse y sin lavarse las manos con jabón olor durazno. Las rutinas familiares cambiaron, los desayunos son especiales, las conversaciones son más profundas y la incertidumbre constante por ser vulnerable a esta enfermedad se comparte. Cada día parece una historia de suspenso que termina por la noche cuando ningún síntoma se hace presente, pero que inicia una nueva a la mañana siguiente.

Esa historia de suspenso se materializa cuando papá tiene malestares, dolor de garganta, gripe y muchas ganas de dormir; pero es papá, el fuerte de la casa, dice que son causados por la paleta helada sabor fresa que disfrutó dos días antes. Suena lógico, sólo ha ido al banco y al supermercado, dos paradas necesarias. Un par de días más adelante se agrega a estos malestares la fiebre y la mirada cansada en su rostro. Mamá y yo, una semana después del primer malestar de papá, sentimos que el cuerpo no se siente bien. Es necesario ir a consulta y afrontar la nueva normalidad.

Entran ellos y yo espero. El intercambio de miradas en un segundo fuera del consultorio fue suficiente para que la mayor incertidumbre embriagara el pensamiento, en el fondo conoces el diagnóstico, pero las cifras de las noticias han llenado de temor los días y sugieren a la imaginación esa opción como la menos probable. Sin necesidad de tener una prueba positiva entre las manos, sientes la salud más ligera, la respiración más lenta y el cuerpo que sostiene firmemente la vida se siente pesado. Sientes los inmensos deseos de volver a bailar una canción lenta con tu papá.

El diagnóstico ha sido positivo, se nos sugiere ir inmediatamente a casa, comprar cerca de dos bolsas de medicamentos y tomar muchos líquidos. Afortunadamente la quincena había llegado completa, el tratamiento médico fidedigno y la salud en esta época se ha convertido en un privilegio. ¡Qué día tan sombrío y que historia tan horrible acaba de iniciar!

Hemos adaptado un mecanismo de recepción de víveres, una bolsa y una cuerda a través del balcón son muy eficientes. Los siguientes días pasan más lento y los síntomas incrementan: la tos hace retumbar el pecho, el dolor de piernas no deja pensar, el olfato y el apetito ya no están más, la respiración es paulatina y la fiebre te ata al colchón. ¡Quién imaginaría que, por momentos al decir tres palabras, tendrías que detenerte y respirar profundo para decir dos más!

La angustia y el nerviosismo se hacen presentes, la respiración normal de papá no está, es lenta y las palabras no salen de su boca, sólo señala y sus costillas brincan en cada suspiro. A mamá se le quiebra la voz por el miedo y la desesperación, no es para menos, cuarenta años siendo compañeros de vida y ver al ser amado en esa condición, debe ser la peor experiencia. Un tanque de oxígeno de un metro treinta y unos ochenta y cinco kilogramos de peso es el nuevo perchero y ayudante de papá.

Como podemos, nos acoplamos a los deberes en casa. Las inyecciones ni se sienten, el baño diario se convierte en un capricho banal, la prioridad es no rendirse y seguir juntos porque hemos dejado allá afuera pláticas y citas pendientes, abrazos sin dar, carcajadas que no sonaron y mucho amor por compartir. Es necesario un segundo tratamiento médico, reforzar los pulmones de los tres es elemental.

Al parecer ha pasado lo peor. El apetito regresa, pero sin estar acompañado del gusto ni del olfato, una extraña sensación muy complicada de detallar, sólo el instinto y el recuerdo de los sabores y olores te hacen cenar. El timbre de voz comienza a normalizarse, la tos disminuye, solo queda el dolor en las costillas y en el abdomen. Aprendí a tomar la presión, manejar un oxímetro y distintos termómetros digitales, maniobrar un tanque de más peso que yo y revisar una máquina generadora de oxígeno.

Sé que nosotros hemos sido vencedores en esta batalla. Lamentamos la situación mundial y las vidas apagadas. Valoramos el tiempo, compartimos la empatía y fomentamos la solidaridad. Hoy tenemos una nueva oportunidad para estar juntos, para regresar y seguir viviendo.

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