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El Líbano – un país al borde del colapso

En octubre de 2013 el barco MV Rhosus llegó al puerto de Beirut tras una inesperada falla técnica en su ruta entre Batumi (Georgia) y Beira (Mozambique). Propiedad de un empresario ruso, el barco fue abandonado junto con su tripulación y su carga: 2750 toneladas de fertilizante con base de nitrato de amonio.

Las autoridades libanesas, sin tener alguien que respondiese por la carga decidieron resguardarla en un almacén del puerto donde permaneció durante seis años … hasta hace unos días.

El 4 de agosto a las 18:08 horas tiempo local, la ciudad de Beirut fue sacudida por una explosión equivalente a 2.2 kilotones, rompiendo ventanas a 17 kilómetros de distancia y siendo escuchado en Chipre a más de 180 kilómetros de la ciudad.

En un día que quedará grabado en la memoria de los libaneses, el puerto más importante del país y gran parte de su ciudad capital quedaron gravemente dañados. Al momento de la publicación de este artículo, 157 personas han muerto y más de 5,000 han quedado heridas.

Mientras la población intenta recuperarse de la conmoción, surgen y se descartan teorías sobre la causa de la explosión, así como surge el temor de lo que ocurrirá en un país que ya se encontraba en serias dificultades.

El mal manejo de la economía, la corrupción generalizada, las sanciones estadounidenses al sistema bancario y la pandemia de COVID-19 han hecho que la lira libanesa se haya depreciado en un 85% en el último año, así como han logrado que la deuda haya alcanzado el 160% del PIB del país y que el desempleo haya alcanzado el 30%.

Esto es solo un sector de un panorama más amplio que revela el fracaso del Estado libanés para hacer frente a las necesidades de un país que este año conmemora 30 años del fin de una guerra civil. Los servicios más básicos son ineficientes, la basura se acumula en las calles por semanas y cuando es recogida es deshechada en tiraderos clandestinos en las montañas, aunado a que amplias zonas del país no tienen electricidad por más de 2 o 4 horas al día.

La explosión del pasado miércoles ha sido el epítome de los problemas del país, de la ineficiencia de un Estado para controlar los aspectos más básicos de su territorio y de proveer a sus ciudadanos de una mínima seguridad. A pesar de sospechas y acusaciones iniciales que apuntaban a un ataque deliberado por agentes externos, todo parece indicar que la corrupción ha sido la causante del mayor desastre sufrido por el país de los cedros en tiempos de paz.

¿Qué sigue ahora? Hay pocos motivos para mostrar optimismo: 300,000 personas se han quedado sin hogar (aproximadamente el 5% de la población del país) y el mayor depósito de granos del país fue destruido (se estima que sólo queda un mes de reservas de granos para la población). Los escándalos de corrupción se suceden uno tras otro afectando a todo el panorama político. En un mundo que continúa luchando parcialmente en cuarentena por causa del COVID-19 (con 5,000 casos locales) el daño que han sufrido los hospitales sólo acrecentará la crisis sanitaria.

La situación geopolítica del Líbano es particularmente complicada ya que se encuentra rodeado por Estados que han intervenido militarmente en múltiples ocasiones. La presencia del partido-milicia Hezbolá continúa siendo un factor de riesgo debido a su intervención en la vecina Siria y en su rivalidad con Israel. Sin embargo, la situación es tan precaria que el Hezbolá parece no estar interesado en lo más mínimo en iniciar un conflicto con Israel, a tal punto que rápidamente negaron cualquier implicación israelí con lo ocurrido en el puerto de Beirut.

Si bien las autoridades ya han iniciado una investigación y realizado arrestos de posibles responsables, no es seguro que se llegue a un veredicto ni que se castigue a alguien. El Líbano es un país donde el sectarismo religioso es una parte integral de su sistema político; el Presidente debe ser cristiano maronita, el vicepresidente musulmán sunnita y el vocero del parlamento musulmán chiíta – todo esto para tratar de dar un equilibrio religioso a un país con 18 sectas. Esto ha demostrado ser disfuncional, paralizando al gobierno y empantanando cualquier intento de reforma. Este sectarismo religioso, donde las lealtades a menudo corresponden más a la pertenencia religiosa que al Estado, es una sombra constante que amenaza con devolver al país a los tiempos de la guerra civil.

El Líbano y su población deben prepararse para tiempos aún más difíciles si cabe imaginar.

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