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Estados Unidos, entre la federación y el imperio.

Los Estados Unidos de América son un país con poco más de doscientos años de existencia. Si bien se trata de una nación no muy antigua, posee una historia enigmática de principio a fin. Un país con una inmensa mezcla de culturas y costumbres que, en síntesis, otorgan un amplio margen de referencia para su análisis y que ponen en entredicho el porqué de su conformación y perduración a lo largo del tiempo.

Hay un amplio debate acerca de quiénes fueron los primeros colonos en pisar tierras del nuevo mundo. Por un lado, la historia toma como referencia el descubrimiento de América por parte de Cristobal Colón, pero pocos son los historiadores que indagan sobre las inmersiones posteriores por parte de otros grandes viajeros como lo fue Sir Walter Raleigh, quien en 1587 fundó Roanoke, una pequeña isla ubicada al este de la actual Carolina del Norte y que es considera la primera colonia británica en el Nuevo Mundo.

No obstante, para el entendimiento del tema en cuestión basta con remontarse al año 1606, fecha en la cual los primeros colonos provenientes de Inglaterra se asentaron y fundaron Virginia bajo el mando del capitán Christopher Newport.

“Tierra de libres y hogar de los valientes”

La colonización inglesa en Norteamérica fue financiada por las compañías de Bristol y Londres, las cuales eran grandes comunidades de burgueses con un amplio interés en la explotación de recursos y el descubrimiento de nuevas rutas comerciales.

Para ello acordaron la división de los descubrimientos en territorio norteamericano de la siguiente manera: la compañía de Londres ocuparía los territorios al sur de las trece colonias, entre las cuales se encontraban Virginia, Georgia y las Carolinas. Establecerían grandes centros de producción agrícola y darían a la metrópoli un abastecimiento permanente de alimento.

Por su parte, la compañía de Bristol, o conocida de igual manera como compañía de Plymouth, se encargaría de la colonización de los territorios al norte, entre los cuales se encontraban Nueva Jersey, Rhode Island, Massachussets y posteriormente Nueva York, mismos que fueron nombrados Nueva Inglaterra y fungirían como centros pesqueros y puertos de importancia para la expansión inglesa sobre el atlántico.

 

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Las trece colonias. Fuente: EcuRed

Al llegar al nuevo territorio, los colonos encontraron un ambiente plagado de hostilidades con las poblaciones autóctonas, enfermedades como la malaria y la fiebre, así como la hambruna, que propiciaron que más de la mitad de los navegantes ingleses perecieran durante los primeros años de colonización.

No obstante, el espíritu y la voluntad del capitán Newport eran insaciables, pues había emprendido dicho viaje con el fin de “crear un nuevo hogar para los hombres sin empleo que pululaban las ciudades de Inglaterra” [1] y que no ostentaban ningún sentimiento de identidad con la población inglesa.

La misma formula se fue replicando con la fundación de las colonias subsecuentes, las cuales, a pesar de compartir una metrópoli en común, se encontraban tan distantes en creencias y modos de vida que es difícil imaginar la forma en que estos lograron homogeneizarse y formar una nación prospera.

Entre las diferencias fundamentales de los habitantes de las trece colonias se encontraba la religión. Mientras en Maryland y algunos territorios del sur se pregonaban el catolicismo y el protestantismo como religiones oficiales, en contraste, Massachussets y la gran mayoría de los territorios de Nueva Inglaterra pregonaban el Puritanismo. Una doctrina totalmente distinta, con valores y modos de vivir divergentes y que fue ampliamente criticada por su radicalidad con los territorios sureños.

De igual manera no todos los colonos procedían de la metrópoli. Si bien, durante los primeros años la mayoría de los navegantes eran personas del más bajo estrato social de Inglaterra, durante los años subsecuentes, y con la conformación de grandes urbes, la migración hacia el Nuevo Mundo comenzó a acrecentarse y provenía de distintas partes de Europa. Muchos fueron los individuos provenientes de Irlanda, Alemania y Holanda, que junto con sus costumbres y tradiciones llegaron a las trece colonias para enriquecerlas y conformar un ente multicultural.

No obstante, a pesar de las divergencias en cultura, religión y modo de vida, las trece colonias lograron conformar un sentimiento de identidad que los llevó a independizarse de Inglaterra en 1776 y a establecerse como una nación independiente. Sin embargo, muchos autores han intentado analizar cómo se gestó el carácter nacional que ha llevado a los Estados Unidos a ser una nación prospera y unida, y que, a pesar de haber sufrido una guerra civil que puso en tela de juicio los valores de unidad y fraternidad, el sentimiento de pertenencia ha quedado intacto durante más de cien años.

La respuesta a este planteamiento podría partir de las concepciones Ratzelianas del Raumsinn, traducido como el “sentido del espacio¨, y del Lebensenergie, que se traduce como “la energía viva”. Para Ratzel estos conceptos se encuentran estrechamente ligados entre sí y denotan cualidades espaciales, es decir explican la relación existente entre la población y el espacio.

En el caso de las trece colonias, a pesar de poseer una multiculturalidad amplia, así como valores y modos de vida distintos entre sí, los colonos comenzaron a adquirir una noción sobre el espacio en el que se desarrollaban. Comprendieron que la amplia gama de culturas de las cuales se encontraban rodeados conformaba un ente único, distinto a la cultura y los valores europeos de los cuales no formaban parte.

De igual manera, se considera que el proceso independentista de las trece colonias, así como la creación del sentimiento nacional no pudieron haberse gestado de no ser por la figura de grandes personajes históricos, como lo fueron los “padres fundadores”. Personajes ilustres y con amplio conocimiento que lograron unificar las grandes diferencias culturales de la época.

Tal situación puede justificarse con la segunda ley de la expansión, propuesta por Ratzel que afirma que “en tiempos de mayor desarrollo intelectual, el sentimiento comunitario se convierte en conciencia nacional y favorece a la integración y a la unificación”. [2]

Posterior a la consolidación de independencia, los Estados Unidos comenzaron a tener necesidades mayores. Por un lado, se encontraba la necesidad de conformar un gobierno representativo alejado de la influencia de las monarquías europeas y, por otro lado, se encontraban con la necesidad de expandir sus fronteras hacia el oeste y conformar una nación con un vasto territorio en donde la población pudiera desarrollarse favorablemente.

El Destino Manifiesto y la expansión hacia el Oeste

La necesidad de expansión territorial había sido una premisa desde la época colonial, no obstante, esta se había visto menguada por la presencia de potencias coloniales de la época.

Por un lado, la Florida pertenecía al virreinato de la Nueva España, y por otro, la Luisiana formaba parte de Francia. Dejando a las trece colonias en un cerco territorial que de igual manera se vería reforzado por medio de una proclama real que impedía las incursiones coloniales más allá de los montes Apalaches, los cuales fungían como la frontera natural entre los ingleses y los pueblos originarios.

No obstante, tras la culminación de la guerra de independencia comenzaron a surgir una serie de disputas por los límites establecidos por los colonos. La primera de ellas provenía de Nueva York, quien consideraba que el actual territorio de Vermont debía formar parte de su jurisdicción. Sin embargo, en 1790 Nueva York cedió a sus aspiraciones y el 18 de febrero de 1791 Vermont fue admitido como el estado decimocuarto de la Federación.

La necesidad de expansión comenzó a ser aún más grande y en 1796 finalmente se pudo accesar a los territorios más allá de los Apalaches, en donde se encontraban ya, desde 1769, varios millares de colonos ingleses que convergían con los cherokees de la región. Para el mismo año, Ketucky y Tennessee fueron admitidos dentro de la unión.

La característica más saliente de la emigración hacia el oeste fue su espontaneidad y el intenso individualismo de sus miembros. Ningún gobierno les proporcionó los medios de transporte adecuados ni los protegió durante el viaje, lo que refleja fielmente la concepción Ratzeliana de la “naturaleza líquida de las poblaciones”, en la cual se argumenta que “las poblaciones se encuentran en un movimiento interno continuo. Ello se transforma en un movimiento externo, bien hacia delante, bien hacia atrás, siempre y cuando un pedazo de tierra es ocupado por primera vez…” [3]

Dicho esto, las fronteras políticas trazadas por los colonos fueron diezmadas y comenzaron a transformarse según las necesidades de la población norteamericana, esto comenzó a verse reflejado en la ocupación de territorios más allá de sus fronteras establecidas, tal como fue el caso de la anexión de Arizona, Texas, Nuevo México, Utah, entre otros territorios pertenecientes antiguamente a México, si bien por medio de las armas, como a su vez por medio de la expansión de la cultura y la población.

La anexión de estos territorios ha sido ampliamente criticada por las condiciones en las que se llevó a cabo. Con un ejército diez veces más preparado que el mexicano, se considera que este versículo de la historia es una amplia imagen del ejercicio del poder Estatal, empero, es menester considerar una serie de factores que influyeron para la fácil anexión de estos territorios.

En primera instancia se encuentra la presencia de población norteamericana en territorio mexicano, en segundo lugar, el amplio descuido del gobierno central a los territorios del norte propició que se cumpliera ampliamente la tercera ley de Ratzel, que indica que “de la integración mecánica de áreas de los más variados tamaños, poblaciones y niveles culturales emerge, gracias a la proximidad, la comunicación y la mezcla de sus habitantes, un crecimiento orgánico”. [4]. Por lo cual es fácil añadir que los pobladores mexicanos comenzaron a compartir valores identitarios con Estados Unidos, por lo que la anexión de dichos territorios fue aún más sencilla.

De igual manera se debe considerar la importancia que tuvo el “Destino Manifiesto” para la expansión territorial de los Estados Unidos. Esta doctrina explica la manera en que este país entiende su lugar en el mundo y la manera en cómo se relaciona con otros pueblos.

Desde la emancipación de las trece colonias se pensó que Dios había elegido a los EE. UU para ser una potencia política, económica, así como una nación superior. Por ende, la política exterior de los Estados Unidos se ha visto ampliamente influenciada por esta idiosincrasia.

La doctrina del Destino Manifiesto fue formulada por el periodista norteamericano John L. O´Sullivan, quien en 1845 escribió un artículo para la revista Democratic Review en el cual expresaba que:

El cumplimiento de nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado por la Providencia para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno. Es un derecho como el que tiene un árbol de obtener el aire y la tierra necesarios para el desarrollo pleno de sus capacidades y el crecimiento que tiene como destino.

De esta manera, se propagó la idea que la “misión” de los Estados Unidos era la de explorar y conquistar nuevas tierras con el fin de llevar a cada uno de los pueblos americanos la luz de la democracia, la libertad y la civilización, instaurando así la creencia de que la democracia era la única forma de gobierno aceptable y que cualquier régimen contrario a los valores democráticos pregonados por Estados Unidos debía perecer.

Lo cierto es que el destino manifiesto reflejó la necesidad de expansión durante una época en la que el imperialismo y la conquista territorial eran necesarios si una nación quería fortalecerse y desarrollarse ampliamente. Entre las razones que llevaron a los Estados Unidos a la expansión fue el amplio crecimiento poblacional en los territorios de las trece colonias.

Al ser prácticamente insostenible el asentamiento de tantos individuos en un espacio tan reducido, era necesario aventurarse a la conquista de nuevas tierras para poder darle a la población un Lebensraum en el sentido Ratzeliano, el cual establece la relación entre espacio y población asegurando que la existencia del Estado quedaba garantizada cuando dispusiera del suficiente espacio para atender las necesidades de esta. No obstante, los motivos de expansión estadounidenses, de igual manera, respondieron a otros intereses, como la carrera comercial en contra de los ingleses.

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Fuente: El Orden Mundial

La obtención de territorios de ultramar

Para los Estados Unidos el dominio de los mares era de vital importancia. Ante la creciente influencia que los ingleses habían comenzado a tener con Asia, los norteamericanos se plantearon la necesidad de tener un puerto en el Pacífico, especialmente en la zona de California, en donde la expansión marítima comenzaría a llegar a pequeñas islas a lo largo del Océano.

Fue a través del puerto de California en donde se adentraron a la conquista de territorios de ultramar a lo largo del Océano Pacífico. Los primeros territorios en ser ocupados fueron: la isla de Howland; la isla de Baker; la isla de Jarvis; el arrecife Kingman; y la isla de Johnston, todo esto durante el periodo de 1857-1858. No obstante, las adquisiciones ultramarinas siguieron acrecentándose durante los años subsecuentes, incorporándose a la lista la isla de Wake, en 1867, y la isla de Samoa, en 1889.

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Expansión estadounidense en el Pacífico. Fuente: Breve Historia de los Estados Unidos

Con tan vasta extensión de territorio a lo largo del Pacífico era toda una realidad que la mayoría del comercio marítimo de los países europeos con Asia se vería sesgado por el posicionamiento norteamericano, y, a pesar de ser cierto, los Estados Unidos emprenderían una nueva acometida para adjudicarse algunos otros territorios cruciales para establecer su poderío marítimo de manera total.

La guerra hispano-estadounidense demostró la decadencia del antiguo imperio español y el poderío naval emergente de los Estados Unidos. Tras la derrota española, algunos de los últimos territorios pertenecientes a la metrópoli pasaron a formar parte del control norteamericano y fueron motivo del afianzamiento de los Estados Unidos sobre el Pacífico. Filipinas y Guam le otorgaron una mayor presencia cerca de las costas de Japón al igual que una mayor facilidad para la instauración de bases militares y puertos cerca de la masa continental asiática.

No obstante, dichas adquisiciones y triunfos no se hubieran concretado sin la habilidad teórica y la capacidad del capitán Alfred T. Mahan. Teórico estadounidense que supo guiar a los Estados Unidos hacia el desarrollo de un poder naval y aperturarse camino hacia la consolidación de un poderío mundial. A lo largo de su extensa obra, Mahan logra definir y dar significado al concepto del poder naval.

En síntesis, este autor considera que la fórmula del poder naval se centra en la construcción de una marina mercante, esto a su vez genera la necesidad de crear una marina de guerra capaz de proteger a los barcos mercantes, y, por último, la creación de bases para abastecimiento a lo largo de los océanos. No obstante, más allá de esta pequeña formula, Mahan creo una serie de factores que los Estados Unidos siguieron al pie de la letra.

Los seis puntos para el desarrollo del poder naval fueron presentados por Mahan en su obra titulada como “la influencia del poder naval en la historia”, y se consideran indispensables si una nación quería convertirse en una potencia marítima, estos eran: 1) la situación geográfica; 2) la conformación física del territorio; 3) la extensión del territorio; 4) número de habitantes, 5) el carácter nacional; y 6) la clase de gobierno. [5]

Los Estados Unidos lograban cumplir cada uno de los postulados en la teoría de Mahan y de esta manera lograron convertirse en una potencia marítima, pues para el año 1880, “la marina de los Estados Unidos ocupaba el doceavo lugar en el mundo; para 1900, con 17 acorazados y seis cruceros, ocupaba el tercer lugar”, hoy día ocupa el primer lugar. [6]

El interés norteamericano en la expansión hacia territorios de ultramar no se detuvo con la conquista del Pacífico, pues siguiendo su condición de país bioceánico y conforme a los postulados de Mahan se adentraron a la conquista del Mar Caribe. Mahan consideraba que dicho mar poseía un importante papel para la configuración del poderío naval de los Estados Unidos. Siguiendo la lógica del Mare Nostrum romano para con el Mediterráneo, Mahan consideró que:

En términos de habilidad militar, estas vías de acceso se conocen como las comunicaciones. Estas son probablemente el elemento más vital y determinante en la estrategia militar o naval. Literalmente son las más radicales, ya que todas las operaciones militares, así como el fruto de una planta depende de la comunicación con la raíz (…) Es por el efecto potencial sobre estas líneas de comunicación que todas las posiciones en el Golfo o en el Caribe derivan su valor militar, o su deseo de tenerlo.

Con base en esta premisa y tras la victoria en la guerra hispano-estadounidense, los Estados Unidos lograron obtener importantes territorios a lo largo del Mar Caribe. Realizar, años más tarde, un canal que conectara ambos Océanos y reforzar los cimientos de su poderío naval. Posterior a 1900 las antiguas potencias coloniales habían quedado sesgadas ante el poderío estadounidense y una nueva era se configuraba.

El crecimiento exponencial de los Estados Unidos y su conformación como potencia mundial ocasionaron que, durante la primera mitad del siglo XX, autores como Karl Haushofer consideraran su papel esencial en la reconfiguración de la política mundial.

A través de su modelo conocido como Panregionen, Haushofer dividió al mundo en cuatro grandes bloques dirigidos por una potencia en específico; Panamérica era dirigida por Estados Unidos, Euráfrica con el predominio de Alemania, Panrusia, dirigida por el gigante soviético y Panasia, con Japón por el frente. [7]

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Panregiones de Haushofer. Fuente: EcuRed

No obstante, a pesar de que dicho modelo fue establecido hace más de medio siglo, lo cierto es que los Estados Unidos se han mantenido como un referente en cuestión de países poderosos a nivel mundial. Actualmente sigue jugando un papel crucial en la toma de decisiones a nivel internacional, así como en la participación activa de las problemáticas globales.

Consideraciones finales.

Es difícil imaginar la política mundial sin el papel que ejerce los Estados Unidos. Si bien, la crítica hacia su política exterior y los medios por los cuales logra conseguir y plasmar su interés nacional es grande, una realidad que debe tomarse en cuenta es que, a través del reforzamiento del carácter nacional de su población, la creación de una marina mercante y la amplia y continua inversión en el desarrollo exponencial de su aparato militar, los Estados Unidos se han mantenido en una posición fuerte durante los últimos años.

Sin embargo, habría que considerar que dichas acciones de igual manera pudieran poner en entredicho el funcionamiento de su tan aclamada doctrina que pregona que ningún gobierno fuera de los valores democráticos tiene cabida dentro de territorio americano, pues la pregunta nuevamente sale a flote ¿son los Estados Unidos una federación democrática, o se trata de una hidra entre el republicanismo y el imperio?


[1] Morison, Samuel, Commanger, Henry, Leuchtenburg, William (2017), “Breve historia de los Estados Unidos”, México, Fondo de Cultura Económica. 549-572

[2] Ratzel, Friedrich (2011) “Las leyes del crecimiento espacial de los Estados. Una contribución a la Geografía científico-política”. Geopolítica(s). Revista de estudios sobre espacio y poder, vol. 2, núm. 1, 135-156.

[3] Op. Cit. 145

[4] Op. Cit. 146

[5] Véase. Mahan, Alfred T. (2013) “Análisis de los elementos del poder naval”. Geopolítica(s). Revista de estudios sobre espacio y poder, vol. 4, núm. 2, 305-334.

[6] Morison, Samuel, Commanger, Henry, Leuchtenburg, William (2017), “Breve historia de los Estados Unidos”, México, Fondo de Cultura Económica. 815

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