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Ha muerto el “sueño americano”.

Fecha original de publicación: 31/05/2020

Arde Minneapolis. Las llamas se avivan al unísono de miles de protestantes quienes claman la consigna “I can´t breathe”, que recuerda la suplica desesperada de George Floyd, un ciudadano afroamericano asesinado por un agente de la policía.

La muerte de Floyd quedó plasmada en un video que rápidamente se hizo viral en redes sociales, y representó el punto de quiebre de una sociedad cansada. Develó la violencia sistemática que aún sigue presente en el “país de la “libertad”. Y, como verdad incómoda, ha demostrado que el racismo se encuentra inmerso en cada una de las estructuras sociopolíticas de Estados Unidos.

Su agonía ha sido compartida por diversos ciudadanos afroamericanos que han perdido la vida a manos de la policía. Algunos de estos crímenes, por no mencionar que la mayoría, han quedado impunes. La justificación principal otorgada por el sistema y, compartida por muchos, es la del “exceso de fuerza por resistencia al arresto”. Sin embargo, este término no representa la realidad y el peso simbólico inmersos en el verdadero acto, el asesinato.

Por increíble que parezca hay quienes aún continúan justificando el actuar de la policía y otorgan un mayor peso a los disturbios ocasionados por las protestas de los últimos días. El claro ejemplo de todo esto se puede encontrar en el Presidente de Estados Unidos, el cual a través de redes sociales ha expresado su desaprobación por los levantamientos y ha realizado una apología hacia la violencia al mencionar el posible uso de las fuerzas armadas para disipar a los manifestantes.

Lo cierto es que las declaraciones de Donald Trump no son unipersonales. Representan el pensamiento de un gran porcentaje de la población que, desde su posición estructural, no han podido discernir una realidad abrumadora que se ha vivido desde hace más de un siglo, la violencia racial.

Hoy día la violencia se encuentra interiorizada en gran parte de la sociedad. La percepción de la realidad muchas veces no permite que se vislumbre su presencia. Existe una cotidianidad donde el asesinato, los robos y cualquier acto violento son tan recurrentes que lo vemos como parte de nuestra vida.

La violencia puede ser categorizada en tres rubros: subjetiva, sistémica u objetiva y divina1 . En este contexto nos centraremos únicamente en dos. La violencia subjetiva se caracteriza por ser perpetuada por un agente de acción que puede ser identificado fácilmente (policía, militares, narcotraficantes, etc), estos a través de su posición estructural ejercen un control directo hacia los otros.

Por otro lado tenemos la violencia objetiva que, a mi consideración es la más peligrosa de todas. Se encuentra caracterizada por no tener un perpetrador claro y es muy común que pase inadvertida. Este tipo de violencia está inmersa en las estructuras sociales, en las instituciones y en la mente de los individuos viéndose reflejada en su comportamiento y lenguaje.

A pesar de la dicotomía existente en la conceptualización de la violencia, estos conceptos se encuentran ampliamente ligados y nos ayudan a analizar un sinfín de problemáticas estructurales en cualquier sociedad. El ejemplo más claro de esto lo encontramos en el racismo.

Durante más de un siglo los afroamericanos han sufrido los estragos de la segregación. La invensión de las razas ha sido factor clave para que estos hayan sido considerados como “humanos inferiores” en comparación con los colonizadores blancos. A pesar de que durante años han existido figuras clave que han luchado fervientemente por la igualdad de derechos, el racismo sigue impregnado en gran parte de la sociedad norteamericana.

Existe un dualismo entre la violencia subjetiva y objetiva. No obstante, resulta difícil de discernir. El racismo es un ente intangible. Se encuentra interiorizado en la mente de los individuos a cualquier escala en la cúpula de poder. A través del lenguaje, el racismo intenta reducir el valor personal de diversas minorías otorgándoles un sinfín de connotaciones negativas que sirven para justificar el actuar de los agentes represivos.

Para entenderlo bastan con observar la coyuntura reciente. Hace un par de semanas un sinfín de ciudadanos norteamericanos blancos realizó manifestaciones absurdas en dónde se pedía que el confinamiento terminará para poder retomar actividades tan simples como cortarse el cabello. La policía, no reprimió ni asesinó a nadie, a pesar de que dichas protestas se llevaron a cabo en medio de una pandemia.

El día de hoy, que miles de individuos han tomado las calles para reclamar justicia por el asesinato de una persona inocente, el Estado ha usado su aparato represivo para demostrar nuevamente que, el problema no es manifestarse, el problema es no ser blanco y hacerlo.

Se piensa que el asesinato de George Floyd es el único motivo por el cual hoy Estados Unidos arde. Sin embargo, lo cierto es que su muerte es el reflejo simbólico de todos los problemas que hoy se ciernen sobre el país y en todo el mundo.

El sueño americano se ha resquebrajado. El telón de efectiva democracia, prosperidad y defensa de la dignidad humana ha caído. Hoy, el fuego que se extiende de costa a costa en el país, es la evidencia de los miles de muertos a causa del racismo. Una verdad incómoda de los más de 30 millones de personas que viven en situación de pobreza. La desesperanza de quienes no pueden acceder a un sistema de salud gratuito. El innevitable hecho de que el sistema se cae a pedazos.

A pesar de que la verdad cada día golpea con más fuerza, hay quienes aún se rehúsan a una transformación. Espero, encarecidamente, que el fuego y los gritos desesperados de quienes sufren puedan abrirles los ojos y demostrarles que una realidad distinta es posible.

Hasta que la dignidad humana prevalezca sobre el capital, que la rebelión siga siendo un acto político.

Véase: Slavoj Zizek. Sobre la violencia, Seis reflexiones marginales. Trad. del inglés de A. J. Antón Fernández. Buenos Aires: Paidós, 2009, 288 pp.

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