El legado de Trump y los grupos supremacistas blancos

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La renovación del Ejecutivo federal en Estados Unidos representa una valiosa oportunidad de revertir las políticas violatorias de derechos humanos y abandonar los discursos racistas, xenófobos y misóginos del presidente saliente. Tan solo en la primera semana de gobierno, Joe Biden firmó 21 órdenes ejecutivas, dentro de las que destacan el reingreso de EE.UU. al Acuerdo Climático de París, la detención de políticas migratorias que separaron a niños de sus padres o que impedían el ingreso a viajeros de determinados países y la cancelación de la construcción del muro en la frontera con México.

Al otro lado de la frontera norte de EE.UU., la semana pasada el gobierno de Canadá dio muestra de cómo abordar uno de los problemas que la administración Trump se negó a reconocer: la amenaza de grupos supremacistas blancos. Cuatro de estos movimientos fueron incluidos en la lista de entidades terroristas, se trata de la División Atomwaffen, el Movimiento Imperial Ruso, The Base y los Proud Boys. Dicha categoría viene acompañada de un paquete de medidas preventivas y punitivas: otorga al gobierno el poder de confiscación sobre propiedades -del grupo o sus integrantes-, congelación e incautación de activos, un mayor monitoreo de sus actividades, acusaciones penales en contra de sus colaboradores o la negación de ingreso a territorio canadiense. Junto a los supremacistas fueron incluidos 9 agrupaciones yihadistas.

Diversos medios norteamericanos destacaron en sus titulares la inclusión de Proud Boys, y no es para menos, pues se distingue por su exponencial crecimiento y gran capacidad de movilización. Sin embargo, y aunque de menor tamaño y atención mediática, la División Atomwaffen (Atomwaffen Division, ADW) no debe pasarse por alto.  

Según la organización defensora de derechos humanos Southern Poverty Law Center (SPLC), la ADW, es un grupo terrorista neo-Nazi fundado en 2015 en Texas cuyas principales influencias son James Mason, Charles Manson, Joseph Tommasi y William Pierce. En su página -aún vigente- (http://atomwaffendivision.org/), ADW afirma que “el fracaso de la democracia y el capitalismo ha dado paso a las oligarquías judías y los banqueros globalistas, lo que ha resultado en el desplazamiento cultural y racial de la raza blanca”. Y dado que no hay nada que pueda arreglarse “en un sistema tan inherentemente defectuoso”, proponen el nacionalsocialismo como única solución para reclamar el dominio sobre lo que “les pertenece”.

Los integrantes de ADW creen que la violencia es la única forma de establecer el orden. A pesar su idolatría por Hitler, están a favor de una doctrina de resistencia sin líderes, una red de células con el propósito de participar en actos terroristas. Para ello cuentan con campos de entrenamiento (“hate camps”) donde practican con armas -principalmente rifles de alto poder- y filman videos propagandísticos. A principios de 2018 a este grupo de escasos integrantes se le relacionó con cinco asesinatos en el transcurso de ocho meses.

Por su parte, los Proud Boys fueron creados en 2016 por Gavin Mclnnes, cofundador de VICE Media. Se definen como una organización fraternal proccidental, lo que denominan chovinismo occidental. Dentro de su ideario dicen defender una agenda de corrección antipolítica y anticulpa blanca. Sin embargo, en entrevistas, programas televisivos, declaraciones y comunicados el discurso del grupo es nacionalista blanco, misógino, xenófobo y antimusulmán. Dentro de su repertorio discursivo, los Proud Boys están en contra de las relaciones interraciales, proclaman el cierre de fronteras y relegan a la mujer a labores domésticas y de crianza.

Al interior de la organización existen cuatro niveles de membresía que van de un juramento por el que niegan disculparse por crear el mundo moderno -en el primer nivel- hasta el compromiso de pelear por la causa -en el cuarto nivel-. Proud Boys es probablemente la agrupación supremacista de mayor crecimiento y más mediática de los últimos años. Sus miembros han apoyado abiertamente a Trump desde sus inicios en 2016 y para finales de 2017 sus cuentas oficiales en Facebook y Twitter superaban los 20,000 seguidores. Su presencia en manifestaciones y acciones violentas no han pasado desapercibidas: en 2017 uno de sus miembros participó en la organización de la marcha supremacista de Charlottesville, la cual acabó con una persona muerta; en octubre de 2018 varios de sus integrantes atacaron una protesta de simpatizantes de izquierda en Nueva York; y su más reciente participación fue en el asalto al Capitolio el 6 de enero.

La red de este tipo de grupos es amplia y los acontecimientos en el Capitolio pusieron en evidencia a otros que habían estado alejados de los reflectores. Tal es el caso de los Boogaloos, fácilmente distinguibles el 6 de enero por prendas (como camisetas y máscaras) de temática hawaiana. El Boogaloo es un grupo nacionalista blanco de extrema derecha antigubernamental. Sus miembros apoyan la lucha armada en contra de la democracia y dentro de sus objetivos o principales enemigos están las fuerzas policiales, en quienes ven la manifestación del Estado tiránico. Al igual que los dos casos antes mencionados, Boogaloo tuvo más adherentes y eventos en los últimos años, esto es, durante la administración de Donald Trump.

Es probable que la creación de estos grupos sea una hazaña difícil de evitar. Pero se puede limitar su proliferación, crecimiento y propagación de ideas. Más aún en países con sistemas sofisticados de vigilancia y espionaje como Estados Unidos. Medidas como la de Trudeau en Canadá o la anunciada por Biden de revisar el tema en las Fuerzas Armadas para condenar la amenaza que supone cualquier forma de extremismo -incluyendo al supremacismo blanco- son, sin duda alguna, necesarias. Los gobiernos deben ser firmes en condenar cualquier forma de violencia o muestra de discriminación y deben desarrollar políticas para que las instituciones no reproduzcan esas actitudes y comportamientos. Sin embargo, esto es insuficiente.   

La historia nos recuerda que “líderes” ultranacionalistas, supremacistas, xenófobos, misóginos y racistas, que dan muestras de odio o que están a favor de la violencia, como Mussolini y Hitler o Trump y Bolsonaro, no llegan solos al poder sino a partir de lo que Steven Levitsky y Daniel Ziblatt denominan “alianzas fatídicas”. La comparación nos permite identificar que hay una constante en todos los casos: el apoyo de figuras políticas poderosas. Sin el respaldo de la aristocracia y la élite política, en los dos primeros casos, y de un partido político y una elite conservadora, en los segundos, es probable que ninguno de ellos hubiera llegado al poder. Por tanto, para evitar que ese tipo de personas lleguen al gobierno o algún órgano de representación, continuando con Levitsky y Ziblatt, es necesario que la clase dirigente identifique y atienda las señales de advertencia. Partidos y élites políticas son garantes del orden democrático contra líderes autoritarios. En sus manos tienen el deber de dejarlos fuera de las listas de candidatos, expulsarlos o aislarlos de sus partidos y evitar alianzas con partidos y candidatos extremistas. A esto cabe añadir que la responsabilidad de crear un frente común en la actual sociedad líquida se extiende a líderes de opinión, medios de comunicación y redes sociales.

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