Las que nos arrebataron durante la pandemia: los feminicidios en la coyuntura internacional

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Desde el año 2020 hemos perdido a activistas feministas reconocidas a nivel internacional: María Lugones, Gisèle Halimi, Ruth Bader, Mónica Echeverría Yáñez y en días recientes a Nawal el Saadawi. El 28 de julio de 2020 falleció Diana Russell, cuyos escritos se centraron en los temas de feminicidio, violación, pornografía y explotación sexual. Su trabajo en conjunto de Russell con Jill Radford, Feminicidio, La política del asesinato de mujeres (2006), fue un parteaguas para lo que hoy en día conocemos como femicidio o feminicidio. La importancia del trabajo de Russell y Radford resulta en el primer aterrizaje del femicidio como marco de referencia.

Russell ya había bordado el término en el artículo Femicide: Speaking the Unspeakable. En el derecho internacional, Diana Russell mencionó por primera vez el término feminicidio en 1976 ante el Tribunal Internacional de los Crímenes contra las Mujeres. Su trabajo sigue vigente hasta el día de hoy pues varias legislaciones nacionales basan su tipificación de feminicidio desde su labor. Incluso ha impulsado a otras feministas a crear sus propios conceptos, como Rita Segato quién ha propuesto el término femigenocidio o el de femicidio sexual serial por parte de Julia Monárrez Fragoso. En un contexto de violencias múltiples ejercidas contra las mujeres, el término de Russell Y Radford se encuentra más vigente que nunca.

El feminicidio es el extremo de un continuo de terror antifemenino que incluye la violación, tortura, multilación genital, esclavitud sexual, el incesto, abuso sexual familiar, la violencia física y emocional, los asaltos sexuales, multilaciones genitales, heterosexualidad obligatoria, esterilizaciones y maternidades forzadas. Siempre que de estas formas de terror resulta la muerte, se transforma en feminicidio.

Russell y Radford, 2006, 57

Los feminicidios no son actos aislados, son el cúmulo de una serie de violencias contra la mujer y las niñas: sexista, machista, lesbofóbica y misóginas. Además la exposición al feminicidio se yuxtapone con las condiciones de “raza”, clase, identidad de género, etnia y religión. Los feminicidas no son los únicos actores involucrados en la muerte violenta de mujeres. Para que los feminicidios ocurran intervienen otros actores; la policía, agentes de seguridad, los jueces, los abogados y el Estado también forman parte de estos crímenes hacia las mujeres. Además, debe existir un ambiente de inacción, revictimización y encubrimiento por parte de estas autoridades. Este entorno violento y omiso se agrava en medio de una pandemia mundial.

Las medidas cautelares para frenar la propagación del SARS-CoV-2 (COVID-19), tal como la clausura de centros de justicia y centros de ayuda para mujeres violentadas entorpece el proceso para acceso a la justicia. El encierro con el agresor es una pesadilla sin fin para las mujeres; el lugar que se supone debería de ser el más “seguro” para las mujeres está lejos de serlo. Citando a Russell: “y si el hogar patriarcal fuera visto como una prisión sin la posibilidad de escape en la que comúnmente se convierte, tendríamos que reconocer que vivimos en medio de un reino de terror sexista”. (Russell y Radford, 2006, 65-66)

Aunado, las decisiones de muchos Estados no favorecen la situación. Con la totalidad de recursos destinados hacia el sector salud, el sector de seguridad hacia las mujeres se ha visto descuidado. La violencia feminicida se encuentra en las últimas prioridades de muchos países. Algunos sujetos internacionales han reconocido la problemática agravada en situación de pandemia, otros lo niegan; algunos líderes han destacado por sus decisiones acertadas mientras otros han sido incapaces de garantizar los derechos hacia su población femenil.

Por ejemplo, el presidente sudafricano, Cyril Ramaphosa, condenó el aumento de muertes violentas de mujeres exacerbado por el COVID-19 y posteriormente activó el Fondo de Respuesta a la Violencia basada en el género y el feminicidio (Embassy of the Republic of South Africa, 2021). En Argentina, donde se registra 1 femicidio cada 23 horas de acuerdo al El Observatorio de Políticas de Género del Gobierno argentino, se ha reconocido el aumento del peligro desde que se declaró cuarentena (Papaleo, 2021). Al respecto, el presidente Alberto Vásquez anunció el mes pasado la creación del “Consejo Federal para el abordaje de femicidios, travesticidios y transfeminicidios” (Gobierno de Argentina, 2021).

Entretanto, el presidente Recep Tayyip Erdogan cumple su promesa de la salida Turquía del Convenio de Estambul, un Convenio contra violencia machista (DW, 2021). Asimismo, en México durante el año 2020 hubo 969 feminicidios, según las cifras oficiales del gobierno y reportadas por la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana (Ramos, 2021). No obstante, el presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, ha negado esta situación e incluso ha señalado a la mayoría de las llamadas por violencia doméstica como llamadas falsas. De esta manera, mientras organizaciones feministas y activistas luchan por dilucidar el aumento de la violencia feminicida durante una epidemia mundial, otros actores en la escena internacional ignoran e incluso niegan esta problemática.

Ante esta situación se han producido múltiples reflexiones y escritos, desde las organizaciones internacionales, organismos especializados e incluso grupos feministas. No obstante, se ha señalado este problema como una “plaga”, otra “epidemia” o “pandemia sombra”. Empecemos a nombrar las cosas por su nombre: los feminicidios en la escala global son un problema derivado de la violencia estructural.

De acuerdo con Johan Galtung la violencia estructural es aquella que mata, aunque de manera lenta y poco dramática, a veces es conocida como “injusticia social” (Galtung y Höivik, 1971, 73). Los feminicidios no son una pandemia, ni una enfermedad, son un efecto colateral de un sistema permisivo y omiso.

La cuarentena como medida ante el virus SARS-CoV-2 es una condición agravante para las mujeres en diferentes latitudes. La agenda feminista durante la pandemia ha señalado áreas urgentes sobre las cuáles actuar: acceso a la interrupción legal del embarazo, menstruación digna y cadena de cuidados. No obstante, los feminicidios deberían ser el punto primordial en la agenda debido a las cifras alarmantes que han alcanzado en el contexto internacional.

En medio de toques de queda y movilizaciones limitadas parece que las acciones de las colectivas y activistas feministas se han desfavorecido. Sin embargo, las mujeres han buscado la manera de crear redes de apoyo. Han hecho esfuerzos para vislumbrar aquello que los medios e incluso mandatarios han intentado ocultar. Cómo nos mencionan Diana Russell y Jill Radford se trata de re-recordar y resistir ante un sistema que nos mata día con día.

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