Ojos ciegos, oídos sordos: la crisis de cuidados en el mundo, un debate pendiente para la Economía Política Internacional

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La Economía Política Internacional ha omitido involucrarse en el debate de la actual crisis de cuidados

Los enfoques y teorías mainstream de la disciplina de las Relaciones Internacionales (RI) continúan cometiendo el error de ignorar aquellos fenómenos que se salen de los límites del Estado, las empresas, los organismos internacionales o aquellos actores particulares que influyen en sus decisiones. Aunque en las últimas décadas las RI han centrado su atención en los fenómenos que ocurren a nivel del individuo, lo cierto es que dicha categoría se ha centrado en aquellos acontecimientos que comúnmente se asocian con la esfera de lo público y, por ende, constituyen hechos de cariz androcéntrico.

Al respecto, herramientas analíticas como el enfoque de la Economía Política Internacional (EPI) ha mantenido una visión que comúnmente ha ignorado problemáticas asociadas a la esfera de lo femenino, pero que tienen repercusiones graves para toda la humanidad. Tal es el caso de la actual crisis de cuidados que enfrenta el mundo, y que normalmente se discute desde la perspectiva de la Teoría de Género y los enfoques Feministas.

Así, en este artículo enfatizaré la importancia de que las RI y, específicamente, la EPI incluyan en sus discusiones los postulados de la Economía Feminista, con la finalidad de que la crisis de cuidados obtenga mayor legitimidad como problema público.

Primero, es necesario recordar que la EPI se encarga de estudiar quiénes son los ganadores y perdedores del juego económico en el escenario internacional. Así, los fenómenos que comúnmente analiza están asociados con dinámicas del entorno macroeconómico; por ejemplo, negociaciones comerciales y financieras; el rampante fortalecimiento del poder de entidades privadas y su influencia en el sistema internacional; relaciones de dependencia socioeconómica entre los Estados, etc. Sin embargo, la EPI ha prescindido del estudio de aquellas actividades que permiten el sostenimiento de la vida y que comúnmente se asocian al ámbito de lo privado, lo femenino, lo no público y lo invisibilizado. Con esto me refiero al llamado trabajo doméstico y de cuidados, cuyo aporte al sostenimiento de la economía productiva no ha sido reconocido y permanece invisibilizado incluso desde el ámbito de la academia.

El trabajo doméstico y de cuidados comprende dos tipos de actividades: las de cuidado directo, personal y relacional— como alimentar a un bebé o cuidar a un familiar enfermo—, y las actividades de cuidado indirecto, como cocinar y limpiar. Sin estas acciones y procesos sería difícil para las personas desarrollar todas sus fuerzas, capacidades intelectuales, habilidades e, incluso, sería imposible garantizar la propia supervivencia. Por tanto, el cuidado y el trabajo doméstico aseguran el mantenimiento de la fuerza de trabajo y, de acuerdo con la OIT, se estima que cada día se dedican 16.400 millones de horas al trabajo de cuidados no remunerado. Esto corresponde a 2 mil millones de personas que trabajan ocho horas al día sin recibir remuneración, las cuales principalmente son mujeres. Si estas acciones fueran valoradas sobre la base de un salario mínimo por hora, representarían el 9% del PIB mundial.

Tomando en cuenta la importancia de estas actividades y, partiendo de que la EPI busca responder a la pregunta ¿quién se beneficia y quién pierde dentro del juego económico?, resulta extraño que exista deficiencia de análisis desde este enfoque, que se preocupen por problematizar la actual crisis de cuidados que aqueja al mundo.

Esta crisis de cuidado está relacionada con el envejecimiento poblacional; el aumento de la cantidad de personas en edad de dependencia; el recorte estatal a servicios públicos de cuidado y el aumento de la pobreza económica y de tiempo de las mujeres de todo el mundo. En términos generales, la OIT estima que, para el año 2030, habrá un total de 2300 millones personas en edad de dependencia, las cuales requerirán atención y cuidados. Un informe publicado por la organización Oxfam, en el 2020, indica que este escenario marca la probabilidad de que el financiamiento de estos cuidados propicie que las familias de países de renta media y baja vuelvan a caer por debajo del umbral de la pobreza. Esto debido a que en dichos países son mayores los recortes a servicios públicos de cuidados—o estos simplemente son nulos o poco eficientes—, por lo que se prevé que dicho déficit sea subsanado con un mayor involucramiento de las mujeres en el trabajo doméstico y de cuidados. Por ello, ellas tendrán aún menos tiempo para actividades productivas—se prevé que muchas se verán obligadas a abandonar sus empleos—, por lo que la renta de estos hogares disminuirá, acrecentando las brechas de desigualdad económica entre los países.

Este problema tiene implicaciones importantes para las relaciones de poder asimétricas entre los Estados; es decir, se trata de un tema que constituye el núcleo epistémico del enfoque de la EPI. No obstante, la ginopia que aún caracteriza a las Relaciones Internacionales, ha limitado el involucramiento de sus principales herramientas teóricas en la discusión de este tipo de problemáticas.

Es posible atribuir esta omisión a dos cuestiones. Primero, es necesario recordar que, al igual que la mayoría de las Ciencias sociales, las RI se originan en el seno de una visión androcéntrica; este sesgo de género propicia que sólo se considere relevante discutir aquellos fenómenos asociados a la esfera de lo público y lo masculino. El plano de la economía reproductiva resulta poco importante, porque históricamente se ha considerado que los cuidados y las labores domésticas son actividades que las mujeres realizan por su naturaleza maternal. Bajo este razonamiento, acciones que parten del amor materno no tendrían por qué ser remuneradas, ¿verdad?

Esta lógica propicia que se invisibilice la importancia económica del trabajo doméstico y de cuidados para el sostenimiento de la fuerza de trabajo y, en general, para toda la economía. Además, esta lógica contribuye a perpetuar la injusticia de género en nuestras sociedades, ya que son las mujeres las que de manera indiscutible terminan realizando la mayoría estas labores—en 2018, la OIT registró que, a nivel mundial, las mujeres realizan el 76,2% de todo el trabajo de cuidados no remunerado, dedicando 3,2 veces más que los hombres a esta labor; es decir, 4 horas y 25 minutos al día frente a 1 hora y 23 minutos en el caso de los hombres—.

Regresando a la discusión de la omisión de la EPI en el debate de la crisis de cuidados, esta también puede ser entendida bajo la sobreespecificidad que se ha atribuido a los llamados “temas de género”. Da la impresión que todo aquellos que tenga que ver con las brechas de desigualdad entre los géneros o que involucre la opresión histórica de las mujeres, debe ser abordado desde el ámbito específico de la Teoría de Género, los Feminismos o Estudios de la Mujer. Aunque es importante que las distintas disciplinas delimiten sus respectivos campos epistémicos, el hecho de abordar este tipo de problemáticas como temas específicos de estos campos de conocimiento sólo contribuye a perpetuar su exclusión de la realidad pública. Por ello, sostengo es que se requiere que enfoques mainstream como la EPI comiencen a insertarse en el debate de problemáticas tan relevantes como la crisis actual de cuidados, porque son fenómenos que afectan el desarrollo de las naciones y, por ende, el cumplimiento de objetivos de bienestar que la mayoría de los Estados han suscrito para el año 2030. Si no se empieza abordar con mayor compromiso este tipo de cuestiones, será difícil lograr metas tan ambiciosas en menos de una década y lo será aún más con todos los problemas que ha traído el surgimiento de la pandemia de COVID-19.

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