¿Quién Asesinó al Presidente de Haití?

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El 7 de julio de 2021, el presidente de Haití, Jovenel Moïse, fue asesinado en su residencia. La primera dama, Martine Moïse fue herida de gravedad y posteriormente trasladada a Estados Unidos para su recuperación. El lamentable suceso se unió a la lista de magnicidios y solamente es precedido en el continente por el asesinato del presidente estadounidense John F. Kennedy (aunque algunos autores catalogan al asesinato del candidato presidencial mexicano Luis Donaldo Colosio, como el último magnicidio en América). Todo crimen de este tipo es deplorable y, cuando se trata de una autoridad de esta categoría, supone un hecho aún más grave para la estabilidad regional.

La pregunta que la prensa internacional busca responder es quién planeó el asesinato del presidente Moïse y cuál fue la razón para hacerlo. A todas luces, Moïse no era un jefe de Estado particularmente carismático o querido. De hecho, el asesinato no se trató de un hecho aislado, sino que fue una grave consecuencia de una serie de eventos en Haití. Moïse no era popular entre la gente y sus enemigos políticos son particularmente peligrosos, pues son familias oligarcas que controlan los sectores clave del país, tal como la industria energética y la alimenticia. Las frágiles instituciones haitianas, debilitadas por la incesante violencia entre pandillas y el hacinamiento económico generalizado, poco pudieron haber hecho para evitar el atentado, debido al nivel de corrupción que impera en este contexto en Haití.  

El atentado fue perpetrado por un grupo de veintiocho mercenarios, en su mayoría extranjeros de origen colombiano, de acuerdo con las primeras investigaciones realizadas por las fuerzas del orden haitianas. Un comando armado cuyos miembros únicamente eran el brazo armado de la operación. Cuestión que quedó demostrada al saberse que apenas hallaron resistencia al momento de irrumpir en la residencia presidencial, cuando esta normalmente es custodiada por docenas de guardias que casualmente no se encontraban ahí ese día.

Al momento, se sabe que el atentado fue una operación compleja planeada con semanas de anticipación, debido a que los mercenarios llegaron en oleadas diferentes al país. De igual forma, se sabe que el ataque fue planeado en un hotel en República Dominicana. La totalidad de la autoridad intelectual todavía es desconocida. Sin embargo, uno de los supuestos autores intelectuales del asesinato fue arrestado el 12 de julio. Su nombre es Christian Emanuel Sanon, con residencia en Florida, un haitiano-estadounidense de 63 años que parece ser todo un personaje, pues es médico de profesión, es pastor de vocación y preside una organización social llamada Haití Rome como pasatiempo. Esta persona ha venido demostrando desde hace una década sus aspiraciones políticas por la presidencia de Haití.

En materia de política disruptiva, la aproximación correcta del tiempo es de gran importancia. Es evidente que, durante una década, Sanon no se atrevió a ejecutar su golpe de estado. La razón por la cual ha decidido hacerlo esta vez, es porque creyó haber encontrado una excelente oportunidad. Por un lado, se aprovechó de la intensa campaña de protestas en contra de Moïse desde el escándalo de Petro Caribe de 2019, donde se le acusó de apoyar el desvío de recursos destinados para ser invertidos en infraestructura en Haití. Además de las maniobras políticas que realizó para acumular poder en la oficina presidencial y así gobernar de forma autocrática. El nivel de desprestigio ocasionó un sentimiento social en contra del presidente, lo que claramente debilitó su imagen y, consecuentemente, su capacidad para liderar un país que lo que más necesita es liderazgo para salir adelante.

Pero, por otro lado, tal vez Sanon no fue quien detonó la conspiración en contra de Moïse. El presidente de Haití, en su búsqueda de acumulación de poder, trató de enfrentar a la oligarquía del país. Familias que controlan los sectores clave de la economía haitiana, como mencionado anteriormente. En escenarios de este tipo, donde el poder absoluto reside en las manos de unos cuántos, no existe espacio para la competencia y los métodos utilizados para mantenerse en el poder no tienen límite ni moral. Sobre todo, en un país distraído por el azote de la violencia entre pandillas y hacia la población civil, quienes sufrieron ochocientos secuestros en 2020 de acuerdo con el Centro de Análisis e Investigación de Derechos Humanos en Puerto Príncipe.

Es posible afirmar que el presidente Moïse fue asesinado por múltiples actores. Por un comando armado de mercenarios extranjeros que fue contratado para dicha tarea. Por un golpista haitiano residente en Florida que buscaba convertirse en el próximo dirigente de Haití. Por conspiradores oligarcas que se vieron en la necesidad de deshacerse de su rival político para mantener su mano firme en el poder. Adicionalmente, pero no menos importante, por la ineficacia de las misiones internacionales lideradas por Naciones Unidas para la estabilización de Haití después del terremoto de 2010. Las cuales no pudieron reconstruir el país tras el desastre, ni permitieron fortalecer las instituciones públicas haitianas en medio de escándalos de corrupción, de desvío de recursos e incluso de explotación sexual por parte de elementos de los cascos azules. Para que se suscitara un magnicidio de tal calibre en Haití, hizo falta una década de sumisión al caos y un momento de enfrentamiento político en medio de un país sin orden y de los ojos del mundo que decidieron voltear a otro lado.

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