Porque la verdad importa, e importa muchísimo en las democracias: Trump y el asalto al Capitolio de EE.UU.

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Lo que aconteció en Washington D.C., el pasado 6 de enero de 2021, en el Capitolio, sede del Congreso Federal de los Estados Unidos, no tiene precedentes en la vida moderna de dicho país. Un puñado de seguidores del presidente Donald Trump irrumpieron por la fuerza en el recinto histórico incitados por el argumento sofista del mandatario de un supuesto fraude en las elecciones de noviembre del año pasado, en el que salió victorioso el candidato demócrata, Joe Biden.

En vísperas de la toma de posesión de Biden, la fecha citada cobró relevancia por dos razones. La primera era que el Congreso tenía prevista una sesión importante con el objetivo de certificar los votos emitidos por el Colegio Electoral el 14 de diciembre previo, como parte del proceso tradicional y constitucional de cada cuatro años. En segundo lugar, se esperaban los resultados de la segunda vuelta en las elecciones en el estado de Georgia, que definirían el balance entre demócratas o republicanos en el Senado norteamericano.

En relación a la sesión del Congreso para confirmar los resultados del Colegio Electoral, si bien dicho proceso era meramente protocolar, la intransigente y obstinada postura de Trump motivó a sus partidarios durante un mitin en la mañana, y bajo el lema “Save America” (Salvemos América), a dirigirse al Capitolio para manifestar su inconformidad. Adicionalmente, Trump anticipó vía Twitter, que el vicepresidente Mike Pence tenia la autoridad para “rechazar electores elegidos de forma fraudulenta”, algo que posteriormente éste último desmintió a través de una carta publicada en su cuenta también de Twitter, lo que probablemente representó un quiebre entre ambos. Lo sucedido entonces, ha sido calificado como vergonzoso y como un atentado a la democracia e instituciones norteamericanas por parte de personalidades importantes de ambos partidos, incluso de expresidentes como George W. Bush, quien señaló que “así es como se disputan los resultados electorales en una república bananera, no en nuestra república democrática“.

Al final, los sucesos en el Capitolio sólo demoraron lo inevitable, ya que la sesión se reanudó una vez que se controló la situación de seguridad en el recinto para sancionar el resultado esperado en ambas Cámaras (y pese a las objeciones de un puñado de legisladores favorables a Trump, como Ted Cruz y Josh Howley), es decir, se confirmó el triunfo de Joe Biden, incluso con la participación del vicepresidente Pence, cumpliendo así con su mandato constitucional. En suma, parece ser que lo acontecido sólo fomentó que el Congreso en su mayoría, se posicionara y se uniera en favor de legitimar la elección y mostrar su rechazo al discurso desgastado de fraude de Trump, incluso se ha llegado a considerar seriamente la posible aplicación de una enmienda constitucional para remover a Trump del cargo por incitación a la sedición.

Sobre los resultados en Georgia, ahora sabemos que el resultado fue favorable a los candidatos demócratas y, por ende, el Senado tendrá la misma cantidad de legisladores de ambos partidos (50 cada uno), pero en virtud de su papel como futura presidenta del Senado, la vicepresidenta entrante, Kamala Harris, tendrá el voto decisivo o de desempate para dar cauce a las propuestas y proyectos de Joe Biden. Lo que resulta curioso también, es que quizá el papel de Trump haya sido un factor determinante en los resultados estatales por su constante rechazo a los resultados de los comicios y sobre todo, cuando presionó al secretario de Estado de Georgia, Brian Raffensperger, para cambiar los resultados electorales en su entidad. Sin embargo, el funcionario (por cierto republicano), rechazó de manera respetuosa pero firme, la petición del presidente y subrayó a este último que estaba mal informado. En concreto, y sin demeritar el esfuerzo demócrata, la imprudencia de Trump quizá haya motivado a los electores para votar por los candidatos demócratas en Georgia. Es una posibilidad muy realista.

Tomando en cuenta lo anterior, particularmente los hechos ocurridos en el Capitolio, vale la pena preguntarse ¿cómo es que se ha llegado a este punto hasta entonces impensable en el país que se dice ser el modelo de la democracia mundial?

No se debe caer en la ingenuidad. Se sabía que tal situación era cuestión de tiempo. Durante los últimos cuatro años y más durante su campaña, Trump se ha dedicado a dividir y atacar, tanto a adversarios como a inmigrantes y musulmanes. También ya se le conocía desde antes de llegar a la presidencia de los Estados Unidos. Él mismo advirtió el año pasado que no aceptaría una derrota, adelantó que habría fraude y ha mantenido el mismo discurso desde las elecciones de noviembre pese que él o su equipo legal no han presentado evidencia alguna y todos sus intentos para revertir el resultado de las elecciones han sido rechazados y desestimados por todas las autoridades judiciales y electorales correspondientes, precisamente por falta de pruebas. Toda su estrategia se ha basado en sostener conjeturas sin fundamento como la teoría conspirativa de que fue víctima de una elección robada y ha usado todos los medios disponibles para promover tal falacia sin menoscabo alguno. No obstante, eso ya se sabía. También es de alguna forma lógico que sus colaboradores no le contradigan o desmientan, pero lo que impresiona y preocupa no es que Trump crea sus propias mentiras, sino que haya otros que le crean, sobre todo que el partido Republicano en su mayoría no pareciera darse de cuenta de los riesgos de tener a un hombre como Trump en la Casa Blanca.

Hasta los lamentables sucesos en Capitolio, incluidas las trágicas muertes registradas, algunos republicanos no eran conscientes o no habían querido darse cuenta de las implicaciones de tener a un narcisista, egoísta, ególatra y populista en el poder. Inconscientes o no, el partido Republicano es en parte, responsable de ello. Algunos políticos ya lo han manifestado, al menos de forma implícita. Por ejemplo, el senador por Carolina del Sur, Lindsey Graham, uno de los aliados de Trump, expresó durante la sesión reanudada del Congreso del 6 de enero, que: “es una idea muy mala postergar esta elección… odio que tenga que ser así… no cuenten conmigo… es suficiente… en este órgano necesitan decir eso: Joe Biden y Kamala Harris van a ser el presidente y vicepresidenta de Estados Unidos el 20 de enero”. Pese a ello, la reacción ha sido algo tardía, y como se mencionó, existe cierta complicidad en el ala republicana por haber sido condescendientes con el discurso “trumpiano”, y como resultado, las consecuencias del legado de Trump continuarán por un tiempo prolongado. Ese será el principal desafío de Joe Biden, tal cual lo enfrentó en su momento Abraham Lincoln: lograr la pacificación, la unificación, la distensión y reconciliación nacional, retos que normalmente enfrentan ahora países con instituciones frágiles y sociedades muy polarizadas.  

Lo acontecido en la sede del legislativo federal norteamericano es una muestra de lo lejos que puede ir Trump con tal de mantenerse en el poder, tal y como lo hicieron y hacen otros líderes populistas en el mundo, como Maduro en Venezuela, Víctor Orban en Hungría, Alexander Lukashenko en Bielorrusia, entre otros. Es una prueba de lo que puede hacer un populista en aras de conseguir y lograr sus mezquinos intereses. Es un recordatorio para todos sobre lo que puede hacer el discurso divisivo, racista y polarizante, pero sobre todo, una lección de lo peligroso que es cuando se tolera la sofistería y se le permite tener el micrófono y los reflectores. El mismo Brad Raffensperger lo dijo atinadamente cuando señaló que “la verdad importa”, así como lo dicho por el senador republicano por Utah, Mitt Romney, quien también subrayó lo siguiente: “la mejor forma en que podemos mostrar respeto por aquellos votantes insatisfechos es diciéndoles la verdad…ese es el deber y la responsabilidad del liderazgo”. En ese contexto, la lección más importante es que la verdad si importa e importa muchísimo y se debe luchar por cuidarla, mantenerla y promoverla para evitar que el engaño de otros megalómanos y malos perdedores como Trump, puedan exacerbar extremismos y fanatismos, y así repercutir negativamente en una sociedad democrática, como en su momento lo hicieron individuos deleznables como Hitler, que encontraron terreno fértil ante las inconformidades de sociedades afectadas y/o desilusionadas de muchas formas, en parte gracias a que muchos toleraron, aceptaron y hasta creyeron las sofisterías y falacias de discursos divisivos e intolerantes.

Los paralelismos con México no son evitables y es importante verse en un espejo para reflexionar y tener presente lo ocurrido en Estados Unidos a fin de erradicar el populismo que conlleva a la polarización, a la confrontación, al prejuicio, a la intolerancia, al racismo, a la corrupción e impunidad que provocan las mentiras y, por el contrario, fomentar el respeto, la tolerancia y cuidar de la verdad, porque la verdad sí importa, e importa muchísimo en las democracias.

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