La extrema derecha en Europa después de la pandemia

Share on facebook
Share on whatsapp
Share on twitter
Share on linkedin
cemeri-extrema-derecha

Han pasado ya muchas décadas desde que un joven austríaco, de apellido Hitler, se paraba en tabernas alemanas a repetir las ideas antisemitas de los grupos nacionalistas que frecuentaba. Se saben bien las consecuencias que trajo para Europa su ascenso al poder. El problema es que hoy en día existen cientos de personas con un ímpetu un tanto similar, inmiscuidos en la extrema derecha europea. Solo que ahora su público no se limita a la gente que apostada en un bar.

Ya sean políticos, líderes de opinión o incluso influencers, su audiencia está compuesta por millones de habitantes de diferentes países del mundo. Gracias a los milagrosos avances de la tecnología y al internet, sus mensajes no conocen fronteras y son recibidos en tiempo real. No es sorprendente que el objetivo de algunos de estos individuos sea ocupar suficiente espacio en el imaginario colectivo de un territorio, con el fin de convertir su fama en votos para las facciones políticas que defienden.

Lo que sí sorprende, es que esta estrategia haya sido fructífera en una zona que conoce de viva voz el dolor generado por el racismo y la xenofobia. Europa, el continente descrito como viejo, pero con una población relativamente nueva. Los países de Europa occidental han alcanzado un alto grado de diversidad en las últimas décadas, debido a la incesante inmigración de aquellos que buscan una vida mejor lejos del lugar donde les tocó nacer. Diferentes nacionalidades, idiomas, religiones y filosofías de vida, son los colores que permean hoy en el paisaje poblacional europeo.

En este crisol no es de extrañarse que, en tiempos de crisis, aquellos que siempre se han empeñado en señalar lo aparentemente diferente, aprovechen para indicar que la fuente de los males que aquejan a todos viene de aquellos que son distintos de alguna forma. Europa, asolada por la pandemia del coronavirus y por una grave crisis económica como resultado, es ahora un caldo de cultivo ideal para ideas populistas. No es casualidad que los siguientes partidos políticos de extrema derecha ya se estén haciendo de un mayor poder en sus respectivos países.

En Portugal, el partido Chega! alcanzó un 11.9% de votos en las recientes elecciones presidenciales, opacando el enclenque 1.3% que alcanzó en las pasadas[1]. En Francia, Marine Le Pen de Le Rassemblement National, se proyecta como competidora férrea al actual presidente Macron para 2022, con encuestas que apuntan a un 48% de intención de voto a su favor[2]. En Italia, el Fratelli d’Italia representado por Giorgia Meloni, duplicó su crecimiento y tomó el 15% del apoyo popular en encuestas[3].

En Bélgica, cornucopia de las instituciones que rigen a la Unión Europea, los ultranacionalistas de Vlaams Belang mantienen 26.3% de las preferencias electorales, posicionándose como la segunda fuerza política en el parlamento[4]. En España, se ha pronosticado que Vox alcanzará al menos diez lugares del parlamento de Cataluña después de las elecciones de febrero 2021[5]. Finalmente, en Alemania (país hogar del Alternative für Deutschland y el lugar que probablemente ejerce más medidas anti-extremistas en el mundo) se reportaron más de 23 mil crímenes políticos ejecutados por partidarios de la extrema derecha en 2020[6].

Todo esto demuestra que el paisaje político europeo ha cambiado desde hace unos pocos años y parece que esté lejos de cambiar. Incluso los partidos extremistas pueden aumentar su nivel de influencia en políticas públicas. Si bien la pandemia de 2020 provocó bajas en la plataforma política de estos partidos, gracias al rechazo de las ideas conspirativas sobre el origen del virus, este acontecimiento podría no ser suficiente para frenar el nuevo auge de la extrema derecha en Europa. Primero que nada, porque la inmigración hacia Europa está lejos de disminuir.

En segundo lugar, porque la crisis económica a raíz de la pandemia acentuará aún más la pérdida de empleos y encrudecerá la competencia entre locales y migrantes, sobre todo en países más desarrollados con altos índices de inmigración. Finalmente, porque los líderes de la extrema derecha europea se han dedicado a señalar los errores de las administraciones actuales con discursos, lo cual continuará a medida que las consecuencias sociales y económicas se agraven.

Todo esto inevitablemente traerá consigo el incremento de miradas de votantes europeos, que se preguntarán casos hipotéticos de cómo hubieran reaccionado estos partidos para gestionar una crisis. Ya que, en discurso, estas alternativas claman por proteger a los habitantes “originales” de sus localidades ante supuestas “amenazas” provenientes de foráneos.

La razón por la que este asunto es preocupante, es porque presenta un caldo de cultivo ideal para erupciones de violencia en contra de los grupos sociales y las minorías más vulnerables en Europa. Todas las estadísticas mencionadas previamente, son un producto de este nuevo y peligroso paisaje político. A medida que este tipo de ideologías retomen terreno en la gobernanza europea, se legitimarán los discursos racistas de los miembros más extremistas de los partidos en el poder. Así como de los grupos de personas que discriminan y acosan a las minorías. La violencia racial y xenófoba en discurso, cuando es respaldada por autoridades o marcos legales, se puede convertir en violencia física contra la integridad de las víctimas que verbalmente acosaban. Sin mencionar que ponen en jaque la frágil estabilidad democrática de cualquier sociedad al cuestionar la validez de la voz y votos de los más necesitados.

La buena noticia es que estos grupos aún no concentran la mayoría del poder en Europa. Sin embargo, el peligro de que crezcan acecha y es extremadamente preocupante. Sobre todo en el escenario crítico que puede darse posterior a la pandemia de 2020. Para que esto no suceda y para que solo se permitan los discursos de las fórmulas políticas que no atenten en contra de los derechos humanos, existen varios mecanismos que los Estados pueden aplicar. Por ejemplo, la prohibición de los símbolos de odio que institucionalizan la discriminación en el imaginario colectivo de su audiencia. En esta batalla de las ideas, una sociedad abierta e interconectada, como lo es en buena medida la que habita en Europa, solamente puede ganar el frente a favor de los derechos universales si se combina con gobiernos que garanticen el estado de derecho para todos los habitantes. De cualquier forma, el escenario político está puesto en Europa, ya sea para presenciar cambios radicales de paradigmas o el fortalecimiento de sus instituciones democráticas.

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email

Las opiniones expresadas en esta publicación son responsabilidad exclusiva de los autores y no reflejan necesariamente las de CEMERI.

Artículos relacionados