Confesionalismo en Líbano: la influencia de la religión en el país

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Hoy en día, Líbano atraviesa por una profunda crisis económica, política y social que tiene raíces muy antiguas en el sistema confesional. A pesar de ser un país que buscó, mediante este sistema, el fin de la Guerra Civil y el equilibrio entre clanes y confesiones religiosas para evitar posibles conflictos, hoy en día, este mismo está influyendo en la fragmentación de la sociedad y el Estado (Mendoza, 2022).

La religión ha sido tradicionalmente un factor importante en la división de la población libanesa, asi como en la separación del poder estatal y las comunidades. De tal forma que la concesión del poder judicial a las autoridades religiosas se remonta a los días en que el Líbano formaba parte del Imperio Otomano, práctica que continuó durante el colonialismo francés (Lion Bustillo, 2018, pp.72-73).

En la actualidad, tanta es la influencia de la religión en la vida de los libaneses que hasta el gobierno está dominado por aquellas élites políticas surgidas de milicias sectarias ligadas a las religiones que, de cierta manera, quieren asegurar la subsistencia de sus intereses y el poder. Es por esto que, en 2019, la población se levantó en protestas que sacudieron el Líbano, alimentadas del hartazgo social hacia el sistema confesional y la influencia de la elite religiosa en la estructura social, política y económica (Mendoza, 2022).

El autor Gustavo de Aristegui menciona que la composición demográfica de Líbano, religiosamente fragmentada,  es a la vez una bendición y una desgracia (Priego & Corral, 2007, p.58). Por tal motivo, el presente artículo pretende entender este elemento que enriquece a la sociedad libanesa, al tiempo que la hace más frágil, es decir, la influencia religiosa en Líbano. 

La República Libanesa es un Estado (10,452 km2) de Medio Oriente, situado en la costa oriental del Mediterráneo, limitando con Siria e Israel. Cuenta con una población de 6 millones 830 mil habitantes y, aproximadamente, 1.9 millones de refugiados (Oficina de Información Diplomática del Ministerio de Asuntos Exteriores, febrero 2022, p.1). Si bien el país acoge a una gran diversidad étnica y cultural, la verdadera división nacional se observa a nivel religioso. Por tal razón, en Líbano no existe una religión oficial puesto que todas son reconocidas por el Estado buscando igual importancia e influencia en la toma de decisiones.

A mediados del siglo XX, la religión en el Líbano penetró en todas las esferas de la vida de la población y formó un sistema de estructura política que no tiene análogos en ninguna parte del mundo (Jalloul, 2008, p.179). El Estado libanes está asentado sobre un sistema Confesional, el cual, supone la estratificación social, económica e incluso política del país. Es necesario mencionar que la autora Hana Jalloul, en su artículo El feudalismo político del sistema confesional libanes (2008), define el Confesionalismo como aquel sistema de gobierno que:

hace un reparto proporcional entre comunidades (ya sean religiosas o étnicas) en relación al porcentaje de la población. Se basa en cuatro elementos fundamentales, reparto proporcional de puestos políticos entre comunidades de acuerdo con su representación numérica; una gran coalición entre los líderes de las distintas comunidades en relación a políticas comunes cuyo fin se basa en servir a todos; autonomía de las comunidades donde cada una es libre para decidir sobre los asuntos relativos a su comunidad en materias como el estatuto personal; y por último poder de veto mutuo si existen decisiones en detrimento de cualquier comunidad (p.176).

De acuerdo con lo anterior, a primera vista, la división principal en el Líbano sería entre cristianos y musulmanes. Según datos de 2010, los primeros constituyen el 54%, mientras que los segundos el 40,7%; otras religiones profesan el 2,3% de la población, y el 3% se declaran no creyentes (Expansión, 2022). No obstante, oficialmente la Constitución de 1926 reconoce a 18 comunidades religiosas.

Por un lado, los cristianos se subdividen en diez tipos diferentes de comunidades religiosas que coexisten entre ellas: Maronita, Latina, Greco-Ortodoxa y Greco-Católica, Melquita, Armenia Ortodoxa y Armenia Católica, Sirio-Ortodoxa y Sirio-Católica, Asiria, Caldea, Copta Ortodoxa y  Protestante. De igual forma, los musulmanes se subdividen en Chíies, Suníes, Ismaelíes, Drusos, Alawitas y Nusaríes. (Oficina de Información Diplomática del Ministerio de Asuntos Exteriores, febrero 2022).

La existencia de muchas comunidades religiosas diferentes es una característica importante de la sociedad libanesa. La cual, como se ha mencionado anteriormente, se desarrolló por los legisladores del Imperio Otomano, a través del Millet, para continuar, más tarde, apuntalada por la regulación del colonialismo francés (Jalloul, 2008, p.176). Asimismo, tras la independencia del país en 1943, los líderes religiosos del Líbano firmaron el Pacto Nacional, el cual reforzó este sistema estableciendo una representación confesional sectaria para ocupar puestos de poder (Lion Bustillo, 2018, p.76).

El reparto se hizo con base en el único censo poblacional oficial en 1932 y, en ese momento, fue la élite cristiana la que quedó sobrerrepresentada, por ende, gozaba de todos los privilegios. Es así como la distribución desigual del poder entre la diversidad religiosa provocó el estallido de la Guerra Civil que asoló al país de 1975 a 1989 (Bonet, 2019). 

En consecuencia, se firmaron los Acuerdos de Taif (1989), con lo cual llegó el fin de la Guerra Civil que destruyó el país durante quince largos años. Asimismo, se volvió a establecer un sistema confesional, corrigiendo las desigualdades de representación de las comunidades religiosas que no se habían contemplado en el Pacto Nacional de 1943. A  su vez, se dio el reparto proporcional de puestos clave en el gobierno entre las mismas. (García Campello, 2005, p.467).

Desde entonces, uno de los ámbitos más afectados por la diversidad religiosa y el sistema confesional es la vida política libanesa. Cabe mencionar que, para mantener una convivencia pacífica, la democracia en Líbano cuenta con un sistema electoral muy particular basado en la igualdad de la diversidad religiosa (Priego & Corral, 2007, p.69). La representación en el Parlamento es proporcional entre cristianos y musulmanes. Además, se reparten los principales puestos de representación institucional, el presidente debe ser un cristiano Maronita; el primer ministro un musulmán Sunita; y el presidente del Parlamento un musulmán Chíita (García Campello, 2005, p.467).

Es así que, contrario a lo que sucede en otros países, los diputados realmente no representan a los partidos políticos, sino a sus comunidades religiosas. De hecho, la lógica de las votaciones está más centrada en las afinidades religiosas y locales que en las ideológicas (Priego & Corral, 2007, p.70).

La mayoría de los políticos del país creen que su modelo político-social debe su longevidad y productividad a una estrecha relación con la influencia de la diversidad religiosa. Por ende, argumentan que, este modelo garantiza la interacción entre todas las confesiones y la adopción de actos legislativos que tengan en cuenta los intereses de todas las comunidades (Treviño & Barakat, 2020).

No obstante, ciertos académicos afirman que este sistema solamente ha paralizado durante casi 30 años las reformas de Estado, manteniendo en el poder a la élite política de las familias más importantes que representan a cada comunidad religiosa del país. Dichas élites han dominado continuamente el escenario político, desde su consagración como Estado-nación Plurinacional, y se han beneficiado de este sistema (Jalloul, 2008, p.178).

De igual manera, si bien es cierto que el confesionalismo libanes que se conoce actualmente nació de la necesidad de mantener un equilibrio entre las diversas comunidades religiosas que coexisten en el país para evitar futuros conflictos, la frágil calma se ha visto quebrantada continuamente por diversas tensiones. El ascenso del fundamentalismo chiíta, el asesinato de Hariri o la crisis entre Israel y Hizbollah por el secuestro de dos soldados israelíes son ejemplos de ello (Priego & Corral, 2007, p.59).

Como consecuencia de lo anterior, “al día de hoy, las comunidades religiosas están más aisladas las unas de las otras debido a problemas políticos internos, lo que ha devenido en conflictos comunitarios” (Jalloul, 2008, p.179), por lo cual, en octubre del 2019, la población se manifestó en contra de un sistema que, en lugar de mejorar su situación, continúa degradándose. Este suceso se conoce como la revolución espontánea (thawra en árabe), que se extendió por todo el país para reclamar el fin de la clase política dirigente, a los partidos políticos sectarios y una mejor transparencia en el manejo de los fondos. Además, el movimiento  demandaba un cambio en el sistema confesional y la influencia de la elite religiosa en la estructura social, política y económica (Mendoza, 2022).

En conclusión, la gran influencia que contiene la religión en la vida política, social y económica de Líbano ha provocado una fragmentación interna que se ve reflejada en el hartazgo social hacia un sistema que ha alimentado la corrupción y la dominación de una minoría en el poder. Por ende, ha permitido paralizar durante más de treinta años un cambio verdadero en el país.

Del mismo modo, esta división en comunidades religiosas ha hundido a Líbano en una deuda pública millonaria. Sin contar que, de las 18 religiones reconocidas, sólo aquellas que tienen mayoría de población cuentan con influencia política para la toma de decisiones en beneficio de su sociedad, creando un trato desigual hacia las comunidades religiosas con minoría o hacia la población que no se encuentra a favor de la fragmentación. 

Si bien, como se mencionó al inicio, la diversidad religiosa, por una parte, enriquece a la población debido a que se genera una multiculturalidad, también la fragmenta e impide un trato pacífico y tolerante entre comunidades.

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